Hoja de Otoño

Hoja de Otoño
El viento con su graciosa danza acaricia el agregado de hojas, su cálido aliento las recorre tembloroso queriéndolas abrazar.
Cada una de ellas siente su tibieza, pero sólo una de ellas ha sentido el llamado, sabe que ha llegado su hora y que con un sólo golpecito del viento se dará inicio a su gran aventura.
A través de los días se ha dejado llevar junto con sus hermanas en el ir y venir del viento, ha presenciado los diferentes estados de ánimo de los Anemoi. Ha sido testigo de la historia de la rama que la contiene en su sabio discernir entre tensión y flexión.
Una fina nostalgia le arrebata un suspiro, tal vez el temor a lo desconocido la hace dudar, pero la comprensión de su existencia misma y de su destino la impulsa a volar.
En su experimento siente la tentación de observar ese mágico pasaje que cruzan las crisálidas para convertirse en las más bellas mariposas y fantaseando un poco se pierde en la locura de verlas volar y volar hasta ver su segunda transformación: en estrellas deliciosas. 
Su deseo de anotar detalladamente cada suceso de su aventura la arrebata de sus ensueños para situarla en el único tiempo que es real, en el presente. Su despertar le da un tirón y de inmediato se siente partícipe en esa danza maravillosa que patrocinan los torbellinos, se mece tranquilamente, disfruta de la panorámica, ve los nidos de los pájaros y experimenta el júbilo que consiente la belleza.
Durante su descenso se deja atraer por ese tallo robusto que tuvo la valentía de sostenerla, una gruesa franja de células compactas que dan estabilidad y lozanía han logrado tal tonalidad que nuestra hoja queda realmente extasiada. 
Se sumerge en su embriaguez y se va imaginando todos aquellos sucesos en los que este tallo ha sido partícipe, en la ida y venida de las estaciones, en los visitantes que lo han palpado.
Una leve sospecha de que hay algo más, de que después del tronco se perfila otro componente que hace parte de la totalidad como ella, se va acrecentando en su corazón.
La curiosidad la altera un poco, quiere saber más y presiente que muy pronto su sed se saciará.
Continúa en perfecta armonía su descenso, siente el ritmo en todo su cuerpo, las ondulaciones que le propicia el viento se dan al son de una antigua melodía.
El señor de los vientos la posa suavemente en el césped y acostada de espaldas mira hacia el cielo. Desde allí contempla a sus compañeras de ruta y disfruta la vista. 
¡Qué hermosura!, no había llegado a palpar el conjunto, la totalidad, y un cierto orgullo la inunda, pues ella también hace parte del todo.
Quiere quedarse allí perpetuamente fijando su mirar en esa franja de hojas que dejan pasar tímidamente los rayos del sol y de vez en cuando asomar un pedacito de firmamento.
Es testigo de lo que le hace el astro rey a las plantas en general, afina sus colores, las muestra en todo su esplendor, las hace sonrojar.
Ella también lo sintió y sabe mucho de esa sensación, en esos tantos instantes se unió a su encanto y sintió la vida con todo furor.
Pero hay otro llamado y ella tiene que continuar. La tierra la reclama, la quiere para sí. Sus componentes se dispersan se siente expandir, pero antes de que la división se haga completa, contempla aquello que presentía y aún no creía, la madre fuente de todo su alimento, la raíz que succionaba lo que hasta ella tan generosamente llegaba.
Una sonrisa queda inscrita y ella se funde finalmente en la época del otoño.
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This article was written by:

Mónica María Vásquez Hdez

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